lunes, 2 de agosto de 2010

Arte Panameño

Panamá es el eslabón entre Norte y Suramérica, y entre el Atlántico y el Pacífico. Las tradiciones artísticas se remontan a la época prehispánica y colonial.

Período prehispánico

Hace más de 11000 años los seres humanos poblaron el Istmo. Esta época se conoce como precolombina o prehispánica, lo que sucedió antes de la colonización española. A diferencia de otras culturas americanas, los habitantes precolombinos panameños desconocían sistemas de escritura, por lo que este período se puede comparar con la “prehistoria” por la carencia de documentación escrita. Esto no quiere decir que por residir en pequeñas comunidades con chozas estuvieran exentas de estética, invención, sabiduría, y religiosidad. Podemos establecer un punto de origen en las artes las variadas ornamentaciones de la vida prehispánica. Algunas de ellas con tal grado de perfección que conducen a pensar en el delicado sentido de las formas y proporción que lograron nuestros antepasados. Los indígenas precolombinos eran artesanos insignes: dominaban la orfebrería, la alfarería, la madera, el marfil, la glíptica, la concha, la piedra lasqueada, la piedra tallada, entre otros materiales y técnicas. “Nuestros primitivos habitantes fueron grandes pueblos de orfebres, alfareros, escultores, etc. pero no fueron grandes constructores” (Samuel Gutiérrez).
Gracias a los hallazgos encontrados se puede decir que en Panamá existen gran cantidad de sitios arqueológicos, que se dividen en 3 zonas arqueológicas: Occidental o Gran Chiriquí (río Tabasará hasta el Valle del General en Costa Rica), Central o Gran Coclé (Golfo de Montijo hasta la costa central de la Bahía de Panamá) y Oriental o Gran Darién.
Un ejemplo de estos sitios del 500d.C. en adelante son: En el Gran Coclé, el sitio de El Caño (Parque Arqueológico El Caño esta ubicado al sureste del poblado El Caño, distrito de Nata, provincia de Coclé), donde se destacan los arreglos de columnas de basalto talladas y sin tallar, similares a los menhires prehistóricos, Tal vez definieron la cancha de juegos rituales que son muy parecidos a los que hasta hace poco practicaban los gnobes. Este sitio desempeñaba la función de un sitio de especial importancia ritual y social.
También en el Gran Coclé, el sitio Conte (Penonomé), donde una expedición de la Universidad de Pennsylvania en 1940 descubrió un cementerio prehispánico del 450-900, que incluye trabajos en oro y alfarería. Era “el cementerio de la élite”.
En el Gran Chiriquí, el sitio de Barriles, el que también se destaca como un centro ceremonial. Aparece la arquitectura pública, fueron los primeros asentamientos establecidos por los ancestros de un grupo social particular en una zona geográfica específica, o porque ocurrieron en ellos eventos reales o míticos que llegaron a tener connotaciones políticas manipuladas, según su conveniencia, por las elites. Aparecen piedras talladas con formas de barriles y petroglifos (grabados sobre piedras). Esta cultura desarrolló los mejores trabajos líticos (en piedra) de América.
También cabe mencionar el sitio de Panamá Viejo (que se incluye dentro del Gran Coclé), una antigua aldea de pescadores donde se han encontrado restos de viviendas prehispánicas y gran cantidad de artefactos de orden ceremonial y de la vida cotidiana.

Período colonial

Este período inicia en el Istmo con la llegada de los españoles, y principalmente con la fundación de la ciudad de Panamá en 1519. Su urbanismo, que sigue las instrucciones del rey, refleja un intento de adaptación al terreno y la búsqueda de formalizar un modelo basado en un entramado regular de calles y manzanas alrededor de la plaza central (ver imagen de la maqueta).
Las técnicas constructivas fueron cambiando: cuando llegaron los españoles, los indígenas vivían en chozas. Los españoles empezaron a construir las viviendas de madera. Los edificios importantes (iglesias, conventos, cabildo, etc.) se construían de fábrica o de mampostería, construcciones u obras realizadas con piedra o ladrillo y unidas con argamasa o mortero de cal (mezcla de cal, arena y agua). Los huecos o agujeros en los muros se utilizaban para meter las maderas de los andamios y se llamaban mechinales. Todas las edificaciones de este tipo iban repelladas con mortero de cal. También existía la técnica mixta, que consistía en construir la planta baja de mampostería y la planta alta de madera.
En Panamá Viejo se han encontrado gran cantidad de objetos de la vida cotidiana, tanto los producidos en otros países como los producidos localmente. Estos artefactos dan fe de la destreza de los artesanos coloniales panameños. La ciudad fue destruida por Henry Morgan y sus hordas piráticas en 1671 y abandonada hasta principios del siglo XX.
Otras construcciones de la época se pueden encontrar en el área atlántica, como las fortificaciones de San Lorenzo el Real y Santiago de la Gloria y la Aduana de Portobelo. Cabe mencionar que, para llegar a Panamá, Henry Morgan atacó el fuerte de San Lorenzo, cruzó el río Chagres y llegó por tierra a través del Camino de Cruces a Panamá.
En el interior del país también se encuentran vestigios de esta época, como la Basílica de Santiago Apóstol en Natá de los Caballeros y la Iglesia de San Francisco de la Montaña. En ambas iglesias se han encontrado magníficos trabajos de ebanistería, lo que corroborado con documentación histórica indica a los expertos que tanto en la ciudad como en el interior del país existían talleres de artesanos de alta calidad. De estos trabajos se destacan los de San Francisco de la Montaña por la calidad de sus retablos.
Luego de que la antigua Panamá fuera destruida, se traslado en 1673 a lo que se conocía como “sitio de ancón” o el actual Casco Antiguo. En sus primeros años en este sitio se construyen las murallas de la ciudad y se mantiene la arquitectura colonial usando como cantera el sitio de Panamá Viejo. Se les da un espacio a todas las congregaciones religiosas de la antigua Panamá. Destaca el trabajo del “Altar de Oro” de la iglesia de San José, que a pesar de las leyendas que aseguran que se encontraba en Panamá Viejo, se conoce que este retablo es del siglo XVIII (1730, posterior al ataque de Morgan) de manufactura barroca y posiblemente laminado con la técnica de “pan de oro”.
La vivienda mas antigua que podemos encontrar en el Casco Antiguo es la casa Góngora, que data de 1730 y todavía conserva gran parte de su estructura colonial. La tipología de las viviendas empezó a cambiar entre 1850, 1885 y 1915 a un estilo de influencia francesa primero y luego de influencia neoclásica. Para 1856 se eliminan las murallas de la ciudad y aparecen edificios como el Hotel Central y el Grand Hotel (hoy Museo del Canal Interoceánico) de marcado estilo francés.
El siglo XIX panameño ofrece dos elementos temáticos fundamentales para los preocupados por el arte. La construcción del ferrocarril (1850-1855) con sus campamentos, pluralidad racial, trazado de vías, etc. va a ser un componente valioso en los trabajos que realizan artistas transeúntes en la primera mitad del siglo pasado. El otro hecho que se consigna con vehemencia por los artistas de la época es la construcción del canal por los franceses (1877-1896), en la que el choque entre la naturaleza exuberante del trópico y la maquinaria ofrece una visión conmovedora de la transformación del mundo natural por el hombre. La pintura del siglo XIX panameño tiene como exponentes a artistas extranjeros que utilizaron el Istmo como punto de embarque hacia otras tierras, por lo cual no podemos decir que es una “pintura panameña”, ya que su realización y sus métodos corresponden a concepciones desarrolladas en otros países y que a lo sumo se interesan en algunos aspectos temáticos de nuestro país.
Podemos considerar a Epifanio Garay como el gran precursor del movimiento plástico en Panamá y el generador entre la juventud de su época de una auténtica preocupación por las manifestaciones artísticas, en especial la pintura. Nace en Bogotá en 1849. Se traslada a Panamá, donde las autoridades del Istmo suscriben un contrato con el artista para realizar retratos de los gobernantes del Istmo desde 1855. Como resultado de su contacto con la pintura francesa su obra está marcada por el academicismo, caracterizado por el excesivo cuidado del dibujo y la forma que predomina sobre la luz y el color. Se desprende de estos antecedentes su predilección por los retratos y su poco interés por el paisaje o la vida urbana. Desde el punto de vista académico y técnico sus retratos se inclinan más hacia una concepción romántica, por el uso de la luz y el color y la intimidad subjetiva que le imprime a la imagen, que le agrega la majestuosidad del neoclásico.

Período Republicano

En 1903 inicia una nueva época y con Roberto Gerónimo Lewis García De Paredes “cabe afirmar que se inicia con rigor el movimiento pictórico en nuestro país”. Nace en la ciudad de Panamá en 1874 y realiza estudios primarios y secundarios en Panamá y Francia respectivamente. Terminados sus estudios secundarios regresa al país en donde se dedica a negocios familiares, luego de esa breve estadía regresa a París en donde estudia con Leon Bonnat más académico (1833-1923) y posteriormente con Albert Dubois-Pillet claro postimpresionista (1846-1930). Estas relaciones marcan decididamente su posterior desarrollo estético y estilístico. Por una parte la persistencia del virtuosismo del dibujo y la exaltación de temas alegóricos con un gran dominio de las formas, heredado del clasicismo y, por otra, el efecto de las líneas y trazos sobre una superficie que le sirve de receptáculo en el que logra la condensación de la luz y el color y, ofrecer así, una atmósfera de transparencias e instantaneidad, principal finalidad del postimpresionismo.
De vuelta al país se le comisiona para que realice una serie de obras que deberían exaltar la majestuosidad de algunos edificios públicos. La arquitectura neoclásica introducida por Genaro Ruggieri es la “arquitectura oficial” de la época y se plasma en obras como el Teatro Nacional (ver imagen), el Palacio de Gobierno, el Palacio de Justicia, El Cabildo y el Instituto Nacional. El clasicismo de Lewis será paralelamente la “pintura oficial” de la época y dará inicio a una expresión singular de la pintura en nuestro medio. De ese periodo data el telón de boca, el plafón y el foyer del Teatro Nacional (1907). “Estos trabajos demuestran una rara maestría del dibujo y el escorzo —sobre todo en el encadenamiento circular de cuerpos seráficos que se elevan para festejar el nacimiento de la república.” Demostró Lewis una excelente disposición para el paisaje y el retrato, trabajos en los cuales se desembaraza de los exigente cánones del clasicismo y una serie de cuadros admirables “de suave tonalidad en que los ocres y amarillos se combinan diestramente con los grises y azules —tan difíciles— para lograr la luz de nuestro cielo y el sin par colorido del paisaje marinero.” En 1936, y con el mismo espíritu, pinta una serie mural en el Aula Máxima de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, en la que trata de plasmar la historia de la humanidad, obra que quedó inconclusa.
A principios del siglo XX destaca la arquitectura canalera, siguiendo el diseño americano de la ciudad jardín combinándolo con amplias avenidas simulando el Paseo del Prado en Madrid, España. Se destacan las arcadas continuas para uso peatonal, el trazado regular de la trama urbana, grandes cubiertas y ventanas rítmicas.
Leonardo Villanueva Meyer, arquitecto de origen peruano sigue el patrón de Ruggieri y se convierte en el arquitecto oficial del Gobierno. Esto lo plasma en el edificio de los Archivos Nacionales, la antigua casa Arias Feraud o casa de la Municipalidad y el Palacio de Gobierno o Palacio de las Garzas, donde colaboró con Lewis quien confeccionó todos los frescos, destacándose los del Salón Amarillo y el Salón los Tamarindos.
En los años 30 aparecen las nuevas barriadas de la Exposición y Bella Vista, al igual que un nuevo estilo: el “neocolonialismo” (también conocido como “arquitectura bellavistina”). En esta época también aparecen Humberto Ivaldi y Juan Manuel Cedeño iniciando un nuevo ciclo en el acontecer plástico en nuestro país. Discípulos de Roberto Lewis, estos dos nuevos maestros van a señalar vertientes distintas en las concepciones estéticas y técnicas en el desarrollo de la pintura panameña.
Humberto Ivaldi nace en 1909 y muere joven en 1947, dejando inconclusa una carrera prometedora y de gran proyección. Ivaldi es un artista temperamental, hecho que se refleja en la diversidad de su obra que recoge paisajes, retratos y bodegones de una gran lucidez y espontaneidad. Heredero de una tradición academicista reforzada con sus estudios en la Academia de San Fernando, sus retratos y paisajes son ejemplos de un delicado uso del detalle y de gran vocación por el dibujo. No obstante, y con mucha frecuencia, la inconformidad con esta influencia lo conducen a cambiar proyectos que se limitaron a simples bocetos. Se destacan entre sus obras “Viento en la loma”, cuadro costumbrista de una extraordinaria luminosidad lograda con el uso de colores pasteles que parecen vibrar en el fondo de la escena. Estudiante de Lewis, completó su aprendizaje en Madrid y dirigió la academia de su maestro entre 1939 hasta su muerte. En su pintura combinó el estilo tradicional con el postimpresionista. Tanto en sus clases como en su pintura adoptó los principios académicos con las ideas más progresistas, contribuyó a que se formara la primera generación de pintores modernos en Panamá.
Juan Manuel Cedeño, nacido en 1916, recibe una preferencia por la retratística y por el detalle de la academia, lo cual es canalizado a otras formas de expresión, especialmente mediante el uso de formas geométricas, luego de sus estudios en el Art Institute of Chicago. Oriundo de los Santos y con experiencia como maestro rural que lo pone en contacto con la rica tradición vernácula que vemos plasmada con insistencia en muchas de sus obras. Se convirtió en el eslabón entre la época de Lewis y la nueva generación de arte moderno panameño. Enseñó en la Escuela Nacional de Pintura y en la Facultad de Arquitectura. Sus retratos eran realistas y académicos, pero experimentó diferentes estilos: desde el naturalismo más tradicional hasta su propia versión del puntillismo. Pintó alegorías históricas y escenas costumbristas de la vida rural panameña. A partir de 1950 creó pinturas caracterizadas por configuraciones geométricas, influenciado por el cubismo. Ayudó a desarrollar un nuevo enfoque en el arte.
Las pinturas cubistas de Cedeño están emparentadas con las de Eudoro Silvera es el artista que con mayor fuerza y singularidad caracteriza la evolución final de esta generación. Nace en 1917. Estudia en la Escuela Nacional de Pintura entre los años 1935 a 1937, estudios que alterna con la música y el canto. Luego se traslada a Nueva York en donde realiza estudios en la “Cooper Union” en donde expone en 1942. Las obras de Silvera anuncian una conformación geométrica de la figura que les da una característica dramática.

De los 50s a la invasión (1950-1990)

En este período aparecen las influencias internacionales de la arquitectura orgánica a través de Calvin Stempel y del funcionalismo en obras como la Ciudad Universitaria Octavio Méndez Pereira, el Hotel Panamá y el Hotel Continental.
La década de 1950, precisamente con la conmemoración de los primeros cincuenta años de republica, es “un periodo de revisión crítica" en el cual no sólo se propone la renovación de nuestra actividad artística tomando como referentes los grandes movimientos en el arte mundial y aclarando los criterios estéticos prevalecientes y que, para esa época, ya habían sido agotados en el resto del planeta. Fue el punto de partida a las innovadoras propuestas y, sobre todo, al auge y difusión de la pintura panameña en las décadas siguientes.
Uno de los artistas más representativos de esa llamada generación crítica es Alfredo Sinclair Ballesteros, coetáneo con Juan Manuel Cedeño, quien por su actividad plástica corresponde a un grupo de entusiastas empeñados en introducir nuevas técnicas y concepciones en la pintura panameña, en un esfuerzo por lograr su actualización con las nuevas corrientes dominantes en Europa y el resto de América.
Nace Sinclair en 1915, pero su ingreso al mundo del arte no ocurre sino hasta 1941 cuando inicia estudios en la Escuela de Bellas Artes bajo la orientación de Humberto Ivaldi y Roberto Lewis. Posteriormente, en 1946 viaja a Argentina en donde realiza estudios en la Academia Ernesto de Cárcova y otros centros de arte. Argentina es en esa época la sede de la pintura abstracta en América Latina. Innovadores por excelencia, los artistas argentinos se empeñan en renovar las corrientes abstractas europeas y darle, por otra parte, una nueva visión al arte figurativo, contrariamente con lo que acontece en México con la secuela dejada por el muralismo, donde predomina una versión del neofigurativismo con un profundo contenido social. Fue el primero en experimentar la pintura abstracta en Panamá. Influenciado por Jackson Pollock, además utilizaba vidrio molido en sus obras.
Preocupado por la iluminación, su obra se caracteriza por el uso de una fuerza lumínica que se abre paso para establecer los puntos focales que delimitan el espacio y hacen resaltar los volúmenes. Apasionado por el color, Sinclair hace gala de un dominio extraordinario del claroscuro sobre las superficies segmentadas por las manchas cromáticas, lo que proporciona un efecto metálico sobre las superficies. Los chorros de luz que iluminan desde el fondo sus trabajos de abstracción y con los cuales hace saltar la imagen hacia el espectador, se presentan medidas y domesticadas en el texto figurativo, proporcionando una incursión mesurada en el contexto de la imagen. Color e iluminación es la preocupación de Sinclair, y es con estos elementos que se aventura a conquistar la escena de la plástica nacional. Contrario a los designios academicistas que habían hecho sentir su influencia durante casi medio siglo, introduce el uso de elementos y materiales sintéticos para incorporarlos a las masas que en forma de "collage" organiza sobre el lienzo.
Si la maestría en el uso de la luz y el color han distinguido su obra, no menos importante han sido los procedimientos que le dan a la textura un especial acabado vítreo. Esas superficies cristalinas que difuminan la luminosidad interna del cuadro, en el presente trabajo configuran paneles de intenso colorido que le proporciona al lienzo esa sugerente disposición de los vitrales renacentistas, lo que hace de su trabajo una rica carga expresiva de lirismo y emoción, de lustrosa tersura y luminosidad que recuerdan el arte de los vitrales. Sus pinturas de fines de los 70 y de los 80 se caracterizaron por composiciones rítmicas y llenas de color, y la ausencia de elementos anecdóticos o descriptivos (ver imagen).
Guillermo Trujillo nace en 1927, su obra representa uno de los más importantes aportes en el esfuerzo por renovar la plástica nacional a partir de los elementos preexistentes dominados por el academicismo. Realizó estudios de arquitectura en la Universidad de Panamá y posteriormente realiza estudios en la Academia de San Fernando, en Madrid; la Escuela de Cerámica en Moncloa y la Escuela Superior de Arquitectura. Retorna Trujillo a la tradicional coloración de nuestras artesanías, especialmente las indígenas, para estructurar una forma de composición en que integra lo simbólico-mítico con los problemas de la existencia cotidiana. En sus pinturas, cuyas pinceladas cuidadosas y uniformes recurren con insistencia a la geometrización, induce a reconstruir otra forma de percibir al mundo a través de figuraciones fantásticas, muchas de ellas extraídas de los mitos ancestrales que forman parte de nuestra vida inconsciente. La obra de Trujillo puede ser considerada la más amplia totalización de la plástica nacional. Su producción registra las más variadas incursiones en técnicas, estilos y temas, procurando siempre el logro de un lenguaje personal y diferente. Sus personajes —chamanes, apariciones y brujos— recorren un mundo fantástico, extraído de nuestros ancestros. Danzantes eróticos, levitadores concupiscentes, madonas impúdicas, o híbridas deformaciones se pasean en sus lienzos acompañados de espantos y bestias que participan de un permanente duelo de luz y color. Imágenes y colores que recrean la intensidad del trópico y la pasión por la naturaleza forman parte del mundo de lo imaginario forjado por el maestro Trujillo.
Contemporáneo con Trujillo, Manuel Chong Neto es el pintor de la sensualidad y la forma, nace en 1927 y muere en 2010, estudia en la Escuela Nacional de Pintura bajo la Dirección de Juan Manuel Cedeño. En 1963 ingresa a la Academia de San Carlos de la Universidad Nacional Autónoma de México. En sus primeras obras, en la década de los sesenta, encontramos trabajos donde hace gala de un dramático claroscuro con una capa pastosa de pintura que ofrece un sugerente entorno de las figuras, y el color se desplaza sin mucha rigurosidad sobre el lienzo. Su preocupación es sobre todo afectiva y no necesariamente visual.
Posteriormente, su evolución hacia nuevas formas de figuración lo conducen a adoptar temas llenos de voluptuosidad. Llegó a ser conocido por la figura femenina, voluminosa y sensual. Generalmente está rodeada de hombres misteriosos, fisgones, búhos y pájaros, parece a veces expresar un mensaje irónico del artista acerca de los aspectos maliciosos de la naturaleza humana, y otras, un juguetón erotismo y sentido del humor. Sus "gordas" han llenado una época de la plástica nacional. La belleza de las gordas radica precisamente en la contingencia de la carne, que se revela como una forma natural y bella de ser. El afloramiento de la carne, la voluptuosidad de las formas y la sensualidad del cuerpo son las secretas motivaciones que caracterizan la obra de Manuel Chong Neto. Con una evidente intención de provocación, el artista las hace posar, vestidas o desnudas, como aquellas Majas de Francisco Goya. Solas o acompañadas con esos personajes ya conocidos -cuervos, gnomos, arlequines- las majas de Chong Neto dominan el espacio, definen los entornos y se posesionan del lienzo para imponer su presencia cargada de ternura, y es que el artista, con una poética de la forma y el volumen nos invita a compartir un pasaje, una escena, que estaría vedada a los ojos profanos de quienes no comparten los secretos del arte.
Julio Zachrisson nace en 1930, es el cronista de la fábula y la fantasía, del mito y la tragedia. La presencia de lo grotesco y el absurdo en su concepción figurativa y el tortuoso llamamiento que hace a través de sus personajes aproximan su formulación simbólica a los grabados de Goya y a las abigarradas estructuras surrealistas de El Bosco, de donde extrae la sustancia que alimenta la tragedia y la burla subyacente en su trabajo. Decidido prácticamente por el grabado, en donde logra efectos fantásticos mediante el uso de tintes creados por él mismo, logra trasladar al papel ese mismo temperamento único de sus pinturas en nuevas formas y discurso expresivo. Delicado en el uso de las trazos, aprovecha todo recurso para exaltar el diseño. Nuevas concepciones estéticas acompañadas de incorporaciones técnicas de variadas procedencias han ido caracterizando la obra de Julio Zachrisson, permitiendo que el color, la iconografía indígena y la libertad figurativa constituyan elementos medulares de su obra más reciente, que tanto mérito ha recibido en Europa, en especial en España, en donde ha fijado su residencia.
En la obra de Coqui Calderón (1937), busca la síntesis entre la figuración y la abstracción, recurriendo al trazado de líneas cromáticas transversales, con las cuales suspende o trastoca el realismo de la imagen para reducirlo a la vivencia cromática. La representación del mundo cede al antojadizo juego de simulaciones abstractas, pero la abstracción se sostiene en la propia representación. En esa ambigüedad entre la representación y la abstracción conduce su trabajo hacia la disposición o empatía del espectador, dándole esa particularidad de “obra abierta” que caracteriza al arte contemporáneo.
Teresa Icaza (1940) de la “Generación Xerox” es una artista autodidacta. Sus primeras pinturas fueron abstractas, se caracterizaban por estructuras geométricas, colores neutrales, uso del collage y texturas gruesas. En su obra reciente interpreta el paisaje en tonos vibrantes y, a menudo, otoñales. Los paisajes, más que recurrir a una convergencia de la percepción con la realidad, resultan ser un juego antojadizo de la imaginación con la re-creación visual. Estos paisajes recreados, es decir re-inventados, son una especie de ensueños en los que la actividad creadora encuentra el corolario de sus sublimaciones. Es posible encontrar en sus arboledas, senderos, perspectivas y recodos, ciertas imágenes que generan una inefable empatía con recuerdos ya perdidos.
La cuidadosa precisión en los detalles y el apego a una disciplina formal en el uso del dibujo, hace de la obra de Amalia Tapia (1946), una singular expresión de lo cotidiano con la riqueza del recurso imaginativo, que acompañada por el control ejercido sobre el espacio gracias a una calculada composición, van a dar un signo muy personal dentro de la pintura joven en Panamá. Con la reducción de la imagen dentro de un espacio que propende a la indeterminación, las pequeñas estructuras que toman forma en los núcleos temáticos adquieren la densidad y consistencia que define la totalidad del conjunto. Empezó pintando acuarelas de flores y paisajes locales, sobre todo escenas de la isla de Taboga. Estudió con Cedeño, pasó a explorar el realismo en naturalezas muertas con elementos de la vida cotidiana. Pese a su sencillez, sus imágenes tienen significados que trascienden la apariencia de los objetos. Son visiones poéticas de objetos cotidianos, obras que parecen flotar en la frontera entre la ilusión y realidad.

Arte de los 90s hasta nuestros días

Las obras arquitectónicas actuales están influenciadas por las tendencias internacionales y la nueva tecnología (Ejemplo, los edificios inteligentes). El representante principal del arte panameño actual es Brooke Alfaro (1949). Ha ido incorporando en su obra las lecciones aprendidas de los grandes maestros del arte… Se burla de las imágenes católicas, el poder político y las peculiaridades de la sociedad latinoamericana. El sentido de su obra se encuentra más allá de los simples corolarios estéticos tradicionales empeñados en caracterizar la naturaleza de la obra de arte. Su obra es un pandemónium de recursos e ideas. Aparece la ironía, el efecto de caricaturización y el afán por lo grotesco, lo cual asume el artista con dominio de la técnica y el conocimiento del color y la forma. De esta manera lo absurdo y lo grotesco se revelan con la gracia y la ingenuidad de las historias de santos, milagros y hechizados. Sus obras están repletas de figuras, en una especie de exhuberancia barroca. Logra efectos de deformación de la imagen, el afloramiento de los rasgos psicológicos de los personajes con naturalidad y sin necesidad de una carga excesiva de elementos simbólicos (ver imagen).
Al igual que hemos visto en el arte internacional, hoy en día en Panamá las instalaciones que buscan llevar un mensaje al público forman parte de la plástica actual. Al fin y al cabo, a través del tiempo, ese ha sido el objetivo principal del artista.

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