miércoles, 7 de julio de 2010

Los ismos: Modernismo

El arte del siglo XX se caracteriza por configurarse de múltiples corrientes que se denominan ismos. No todas las tendencias se suceden linealmente en el tiempo, sino que muchas son coetáneas y tienen interrelaciones entre ellas.
Las vanguardias no se pueden entender intentando establecer un orden cronológico. Es un tópico el considerar el arte del siglo XX como ruptura con respecto a lo anterior, pero esta ruptura no comienza a principios del siglo XX, sino a fines del XIX.

Art Nouveau (en Bélgica y Francia), Modern Style (en Inglaterra), Sezession (en Austria), Jugendstil (en Alemania y países nórdicos), Liberty o Floreale (en Italia) y Modernismo (en España)

William Morris abrió las puertas al modernismo, buscando un “arte para el pueblo”. Se preocupó intensamente en preservar las artes y oficios medievales, pretendía volver a la manufactura artesanal contrastada con la producción industrial de la época y así hacer llegar la cultura a las áreas menos pudientes de la sociedad. Morris tenía una visión del futuro positiva en el que la máquina desempeñaría un importante papel y el hombre la utilizaría para desarrollar su talento. Esto poco a poco se irá derivando hacia el Modernismo que lo que intenta es la renovación y mejora artesanal aplicándolo a la máquina.
Diseñadores, artistas y arquitectos estaban preocupados por crear una nueva estética, basada en curvas fluidas y blandas que se asemejan a las plantas en crecimiento y en formas retorcidas como impulsadas por el viento que se asemejan a llamas, en fuerte contraste con la ordenada geometría del clasicismo y la rigidez del neogótico. Buscan el “arte total”, los artistas modernistas son artistas "integrales", pues no sólo diseñan edificios, sino los muebles y otros enseres de uso diario. Sus creaciones no se limitan al edificio en sí, dado que también elaboran su decoración y los utensilios que ha de contener. Consecuentemente se dio en arquitectura, pintura, escultura y en las artes decorativas (muebles, herrajes, lámparas, joyas, carteles, etc.).
Presentan en común ciertos rasgos, como el deseo de dejar atrás las obligaciones impuestas de la tradición, la necesidad de experimentar con libertad en la creación de espacios y el interés por completar las edificaciones con extensos programas decorativos. Lo que importa es que, con pequeñas matizaciones, encontramos en todos esos países una serie de arquitectos cuyas obras comparten determinadas características: el empleo de formas que permitan la libertad expresiva del artista, el interés manifiesto a romper con el pasado, una cierta preferencia por las líneas curvas (que veremos en muchos elementos de los edificios) y, finalmente, el recurso a las artes decorativas y aplicadas para completar la apariencia final de la construcción.
Características del Modernismo:
o Inspiración en la naturaleza y uso de elementos de origen natural.
o El uso de la línea curva y la asimetría.
o Tendencia a la estilización de los motivos.
o Tendencia al uso de imágenes femeninas en actitudes delicadas y gráciles.
o Una actitud tendente a la sensualidad y a la complacencia de los sentidos.
o La libertad en el uso de motivos de tipo exótico.
o La aplicación envolvente del motivo, el elemento destacado de tipo orgánico envuelve o se une con el objeto que decora.
En la pintura se destaca Gustav Klimt fue un pintor austriaco, y uno de los más conspicuos representantes del movimiento modernista de la secesión vienesa. Klimt pintó lienzos y murales con un estilo personal muy ornamentado, que también manifestó a través de objetos de artesanía, como los que se encuentran reunidos en la Galería de la Secesión Vienesa. Intelectualmente afín a cierto ideario romántico, Klimt encontró en el desnudo femenino una de sus más recurrentes fuentes de inspiración y sus obras están dotadas de una intensa energía sensual.
Entre sus representantes en la arquitectura se encuentran Víctor Horta en Bélgica y Antoni Gaudí en España. Horta, mas tradicional y decorativo, con diseños bidimensionales. Destaca por el gusto por la línea curva, la perfecta integración de la arquitectura con las artes decorativas, la sutileza de los motivos vegetales, la libertad en el plano de los espacios interiores o el recurso a los nuevos materiales, combinados sabiamente con los tradicionales. Como ejemplo de su arquitectura está la Casa Tassel, construida cuando tenía 32 años, en Bélgica.

En cambio Gaudí (ver foto), una figura enigmática, ascética, cuyos edificios se encuentran entre los más personales que se hayan construido nunca. Su estilo y su obra son tan originales que, en muchos aspectos, no resulta fácil someterla a clasificación alguna. Aunque se clasifica como Modernismo o Art Noveau, arranca del pasado español, a la vez cristiano y árabe. El edificio, no cabe duda, es el templo de la Sagrada Familia, aún hoy inconcluso, de cuya dirección de obras se encargó Gaudí a partir de 1883 y que ejercería hasta su muerte. La obra de Gaudí se caracteriza por desvincularse de las corrientes de su época y adentrarse en una gran originalidad: formas diversas, innovaciones como el arco parabólico, empleo de multitud de elementos artesanales (entre ellos, el famoso trencadís, las vidrieras o la forja), plantas libres, tendencia a la imaginación y búsqueda de la sorpresa, recursos expresivos o interés por el dinamismo. Su labor se extendió también al diseño del mobiliario de algunos de los edificios que proyectó.

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